02/04/11

“Hay círculos de jóvenes que se dan paja entre ellos mismos acerca de la literatura”





Por Miroslava Rosales / Tomás Andréu
Fotografía Tomás Andréu


Una plática con el entonces director de La Casa del Escritor, Rafael Menjivar Ochoa. Antes de la charla, esperamos que almorzara mientras Miroslava y yo nos tomábamos un refresco de frutas que gentilmente nos regaló la poeta Krisma Mancía, compañera de vida de don Rafa.

En lo personal, no sabía cómo romper el hielo con el escritor, pues como afirma su homólogo Luis Alvarenga, Rafa tiene “su forma cabrona y directa de decir las cosas”. Finalmente todo salió bien, tanto la entrevista como la antología digital que montamos sobre algunos de los que pasaron por La Casa del Escritor.

Por mi parte, quedé contento cuando descubrí que a Rafa y a mí nos gustaba el musicón de Frank Zappa. También me fui algo jodido de los ánimos, pues el quebranto de su salud era evidente.

Aquí, aquella tertulia de una tarde de 2010...


Una cuota de su existencia pertenece a México. Al no encontrar la forma de cambiar el panorama “desolador” que encontró a su regreso a El Salvador, el escritor Rafael Menjívar Ochoa después de un tiempo decidió tomar de nuevo las maletas hacia el país azteca, sin embargo, en el camino apareció la oferta de coordinar un proyecto que tenía que ver con una de sus grandes pasiones: la literatura.

Y es así que más temprano que tarde, maquinó un espacio para reunir a los escritores salvadoreños, pero al no ser aprobado su proyecto [qué raro] pasó al plan “B”: La Casa del Escritor, ahora con seis años de labor creativa.

En ese espacio vivió el escritor Salvador Salazar Arrué, mejor conocido como Salarrué. Sus últimos trece años de vida las vivió en ese lugar. Eso le da una “vibra especial”, una “buena onda”, algo mágico. Ahí se han descubierto y formado mucho jóvenes talentos, que hoy ya cuentan con publicaciones y trayectoria.

De eso nos habla Rafael Menjívar y de su placer por la novela negra, un “deep too pleasure”, de su afinidad más con el poeta T.S. Eliot que con César Vallejo, su estancia en México y su reencuentro con El Salvador, un país “muy raro, muy violento, terriblemente violento... un país que puede ser tan violento como tierno”.


¿Cómo nace la Casa del Escritor?
A mi regreso a El Salvador, en agosto de 1999, después de 27 años fuera, lo primero que hice fue buscar qué había en materia literaria, qué era lo que había sobretodo en los escritores jóvenes. Y lo que encontré fue mucha dispersión, mucho caos, mucho conflicto entre escritores. Un panorama bastante desolador.

En ese entonces, yo trabajaba como periodista en la revista “Vértice” de El Diario de Hoy. A los dos años, al no ver el modo de articular nada, decidí irme de regreso para México. Pero el ingeniero Gustavo Herodier me ofreció la Coordinación de Letras de Concultura, y acepté. Así surgió la idea de hacer un lugar donde pudiera reunirse los escritores, donde pudieran estar juntos, platicar.


¿Un centro cultural?
No era la idea fundamental. Pensaba que con la literatura tenía trabajo. Entonces, presenté el proyecto de la Casa del Escritor y lo aprobaron de inmediato. Y empezamos a trabajar sin local con ayuda de la Universidad Tecnológica (UTEC), casas de la cultura, dando talleres específicos. Pensaba en formar un taller más abierto y no en uno tradicional, en los cuales son ejercicios de ego del tallerista.


Usualmente aquí así es...
Buena parte de los talleres son así, y para lo que sirven es para levantarle el ego al instructor del taller. Hay círculos que arman los propios jóvenes y empiezan, francamente, a darse paja entre ellos mismos acerca de la literatura.

Entonces yo quería evitar eso. La idea era salirse del cuadro en ese sentido. Y sobretodo buscar fuera del país, pensar en Eliot, Vicente Huidobro, en escritores de talla universal, de talla grande. De algún modo convertir la gran literatura en parte de la tradición salvadoreña.

A la hora de las horas falló el proyecto inicial, el de armar un lugar para reunirse los escritores. Entonces me fui al plan B, pues ya que no se podía armar este lugar, había que formar a los escritores que se pudieran reunir.

Cuando se inauguró la Casa del Escritor, muchos escritores se tiraron en contra de la Casa.


¿Por qué?
Porque tenían un mejor proyecto que yo, porque podían ser mejores directores. Lo que no sé por qué no lo habían hecho antes. La idea es muy sencilla.

Entonces hubo varios escritores que sí nos apoyaron. Rafael Mendoza, Heriberto Montano (que en paz descanse), Ricardo Castrorrivas, Manlio Argueta.

Las primeras cinco personas del taller las escogí yo. Era un poco la apuestas, en algunos casos funcionó y en otros no. La mayoría siguió escribiendo. Ahorita han pasado por acá más de 120 personas. De las cuales se han quedado más de 30. Me di cuenta que la narrativa no iba a pegar, sino la poesía.

Ya dentro de la dinámica de la Casa del Escritor aparecieron otras necesidades, por ejemplo, el hecho de hacer un taller de guiones. Entonces lo armamos. ¿Pero de qué sirven los guiones si no se realizan? Entonces, la propia gente del taller tenía que hacer el guión, la producción y actuar. El resultado fue muy bueno.


Incluso Jorge Galán participó en uno de esos videos
Sí, el participó en Cada quien necesita su asesino. Ese video ganó el segundo Certamen Nacional de Video en la rama de Ficción. Sí, hubo otro en el que participan puros poetas. Ahí están Carlos Clará, Oswaldo Hernández, William Alfaro, Susana Reyes, Salvador Canjura.


Han hecho también talleres de periodismo…
Muchos periodistas se resistieron a participar.


Me llama la atención que se haya invitado a periodistas y que se encontró resistencia. ¿A qué se debió esto?

Me pidieron un programa, y les dije que no. Entonces, si no sabían de qué iba a tratar, no iban a participar. Eso me dijeron dos o tres. Otros porque quién era yo para enseñarle cosas de periodismo. Otros porque les dio pereza subir hasta aquí.

Lo que pasa es que el periodismo se transmite de persona a persona. Y muchos no se consideraban aprendices, entonces bueno. Y yo no sé qué es lo que necesite una persona aprender. Depende de lo que cada persona vaya necesitando, así se le va dando, según va pasando el tema. Saber de periodismo, sí sé de eso. Empecé en 1978.


¿Cómo fueron sus inicios de periodista?
Me casé muy joven y tuve un bebé. Perdí mi trabajo. Entonces, habían dos posibilidades: entrar a trabajar en una biblioteca o en un periódico. Salió primero el periódico. Nada romántico, nada de lo que siempre había querido ser.


Por necesidad...
Sí, digamos que una semana más y hubiera sido bibliotecario en lugar de periodista.


Pero sin duda ha sido la poesía la que ha aglutinado a más personas...
Es la que ha aglutinado a más personas, y de la que se ha obtenido resultados, no mejores, pero sí en mucha mayor cantidad.


¿Qué sintió usted cuando de pronto le es asignada la casa de Salarrué para su proyecto, un lugar emblemático?
A mí lo de lugar emblemático me daba miedo, porque sabía lo que iba a pasar, y fue lo que pasó. Todo mundo quería la casa de Salarrué. Ehh... como que se vio como un honor inmerecido. En realidad, es muy rica la casa, muy bonita.

El hecho de que sea la Casa de Salarrué creo que le da... la gente que viene acá sienta una mayor noción de seriedad acerca del trabajo que se hace. Creo que el hecho de estar unidos alrededor de la literatura es más importante. Ha habido compañeros al año, año y medio no habían visto la exposición. O gente que ha tenido dos o tres años trabajando con nosotros y nunca había subido a la segunda planta.

Creo que la Casa tiene una vibra especial. El hecho de que haya sido Salarrué es importante en cuanto proporciona una vibra, esa buena onda.

Ahora cuando cambiaron de administración con Breni Cuenca salieron un montón de proyectos para la Casa del Escritor. Yo estaba enfermo en ese momento, estaba hospitalizado, entonces no podía hacer nada. Pero me enteré de un montón de proyectos, cosas que se iban a hacer con la Casa del Escritor.


¿Si hubiera seguido la administración de Breni Cuenca le hubieran dado luz verde a esos proyectos?
No, no creo. Creo que el proyecto es bastante sólido. Ella misma me dijo que no, que había que seguir como estaba.


A su regreso se encuentra con un ambiente débil, espinoso…
Muy espinoso, sigue siéndolo.


Luego de toda su experiencia, ¿cuál es la tendencia, las nuevas generaciones se están alejando de esos patrones que encontró a su regreso?
Yo creo que los jóvenes se están alejando de esos patrones. Acaba de aparecer una antología de poesía de Vladimir Amaya, que se llama “Una madrugada del siglo XXI”, en la cual se ve ya una mayor variedad y mayor calidad de la poesía que había hace diez años. Una mayor noción de lo que es la literatura y el oficio literario. Son 34 antologados y cada uno tiene una propuesta diferente. De los 34, diez son de la Casa del Escritor. Eso es también sintomático.

La Casa del Escritor se ha convertido en un lugar donde se reúnen escritores, lo que pasa donde hay mucho rechazo es entre los escritores un poco mayores, cercanos a los 40 años hasta mi edad. Algunos rechazan este fenómeno que se está dando.


Usted mencionó que hubo un cierto rechazo por una parte hacia esta antología
Sí, la ha habido. A veces muy violenta, que no hay nada nuevo, que no dice nada nuevo. Y bueno uno nunca dice nada nuevo. Los temas de la literatura son tres: locura, amor y muerte, no hay que buscar más. Lo que hay de nuevo es el modo de hacer la poesía, y eso viene de una actitud hacia la poesía. Eso viene de una manera de concebirla y hacerla, buscar una poesía más alejada de la ideología.


¿Cuáles han sido los grandes retos o la piedra en el zapato durante la existencia en la Casa del Escritor?
Piedras en el zapato ninguna. Francamente que yo diga qué piedrota tan fea, pues no. Ha habido buen apoyo de los presidentes de Concultura y de la Secretaria de Cultura. Aún no he hablado con el Secretario, no sé cuál es su posición, pero hasta ahora he encontrado mucha aceptación.


Su decisión de escribir se da a los 16 años...
Mi papá escribía libros y a la casa llegaban gente que escribía libros, que publicaba. Entonces, era natural escribir libros. La gente escribe libros, eso era lo que yo pensaba de chavo. A los 16 empecé ya con noción de que iba a ser escritor, siempre escribí. Y siempre la idea era que la gente escribe libros.


¿En ese momento qué autores más le impresionaban y quiénes todavía?
Edgar Allan Poe. A Edgar Allan Poe me lo reventé completo entre los ocho y los nueve años. Sin duda de esa época es el que más me impresionó y el que más me acuerdo.


Y ahora, por ejemplo, hay mucha afinidad a T.S. Eliot
Eliot sí en poesía. Para mí es mi gran poeta. Por corrección política y porque es latinoamericano debería decir que César Vallejo es el que más me gusta, en realidad no. Me llena mucho más Eliot.


Usted decía en una reunión de que muchos no entienden a Eliot porque lo sienten frío, pero realmente...
Ah, es muy emotivo. Es terriblemente emotivo. Sí, su fachada es muy intelectual, muy racional. Pero cuando uno logra pasar esa capa que es delgadita, es capaz de hacerlo llorar a uno. Eliot es un tipo bastante, bastante emocional. Vallejo es mucho directo en ese sentido, ya que hablábamos de Vallejo.

García Lorca fue el primer poeta que yo conocí. Mi papá cuando era niño me sentaba en las rodillas y me leía el Romancero Gitano.


¿Y con la novela negra?
Es un deep too pleasure. Es un deep too pleasure la novela negra. Eh... me encanta el género de ciencia ficción, pero sobretodo la novela negra. Y... leía a Jim Thompson, quizá de él tenga más influencia que de otros; a Raymond Chandler; Dashiell Hammet; Chester Himes, desde joven por placer.

Y un día conocí un escrito mexicano, el libro "El complot mongol" de Rafael Bernal. Y ya no se trata del detective que contrata a la rubia, y bla, bla, bla, sino del Estado como parte del sistema criminal. Si el crimen no cuenta con el apoyo de gente de por lo menos dentro del sistema político, del sistema de poder el crimen es imposible.

Entonces, me gustó mucho esa idea, y me puse a trabajar sobre esa idea en varias novelas. La novela negra la hago con mucho placer.


En su estancia en México, tengo entendido que se dedicaba a impartir talleres...
Poco tiempo, dando talleres poco tiempo. Y eran talleres cortos de una semana. Era de creación literaria, pero en realidad era de técnicas pedagógicas.


Sobre su salida de El Salvador hacia México...
Cuando yo tenía doce años ocuparon la Universidad de El Salvador. Mi papá era Rector. Lo exiliaron. En enero del 73 salimos el resto de la familia hacia Costa Rica. Ahí vivimos tres años y luego a mi padre le ofrecieron una beca en México, para sacar su segundo doctorado en Ciencias Políticas. Pues nos fuimos para México. Yo tenía 16 años.

En 1983 mi familia decidió regresar a Costa Rica, yo decidí quedarme en México hasta 1999.

¿Y ese momento cómo miraba la escena política?
Yo participé durante algún tiempo en cosas de la guerra. Yo fui de los fundadores de SALPRESS [Agencia Salvadoreña de Prensa] junto con Hato Hasbún, Joaquín Samayoa, Benjamín Valiente, que murió en Chalatenango. Trabajaba yo con las FPL [Fuerzas Populares de Liberación]. En 1982 me expulsaron por pequeño burgués. Y decidí separarme de la política salvadoreña, y ya después de cosas de El Salvador.

De repente, empecé a interesarme otra vez, allá por 1995. Leía a El Faro. Empecé a escribir para Tendencias. Ahí fue cuando empecé a acercarme a El Salvador.


Y ahora, con el tiempo, ya en la distancia, ¿cómo ve su expulsión, el rechazo a su país, a esos temas espinosos como la política?
Tengo diez años y medios acá. No hubiera aguantado tanto si no me gustara. Me gusta el trabajo que hago, me gustan los salvadoreños. Me gusta... el país, no sé si me gusta mucho, es muy raro, muy violento, terriblemente violento. El Salvador es un país que puede ser tan violento como tierno. Es una contradicción muy grande. La gente puede ser igual de violenta que tierna, la misma persona. Lo que veo es que hay esperanzas.


Ahora bien, en el campo editorial, ¿cómo visualiza el panorama?
Creo que estamos en un período de transición, y creo que viene un cambio muy fuerte en cuanto a la literatura, concepción literaria. Creo que de lo poco que está saliendo, por lo que he podido ver, aparte que es regular, no hay un canon establecido, pero no veo una continuidad. Aparte que se está publicando muy poco.


Con relación a la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), ¿qué faltaría?
Ahí depende del Director de la DPI. Yo creo que lo que falta es darle continuidad a lo que traían. Darle prioridad a Nueva Palabra [colección de jóvenes escritores], porque esa ebullición no tiene salida. No hay quién publique a los jóvenes.


¿Y con respeto a la revista Cultura como espacio para publicar al menos a los jóvenes?
Lo ha hecho, al menos en los últimos números. Lo que le falta es una regularización, pero eso siempre le ha faltado a la revista Cultura.


Con respecto a su salud, ¿qué lecciones ha ganado de todo este proceso de su enfermedad?
Pues, no se me ocurre nada. Las enfermedades son enfermedades. Lo que he hecho es frenarme un poco. Pues, ¿qué he aprendido? Pues a tomarme mis pastillas a la hora debida.